El encuentro con el documental Melania, dirigido por Brett Ratner y respaldado por Amazon, tuvo lugar en un cine de las afueras de Bristol, en un ambiente de exclusividad muy distinto al preestreno en la Casa Blanca, donde asistieron figuras como Mike Tyson y la reina Rania de Jordania. En esta ocasión, la experiencia se redujo a una sala vacía donde la figura de Melania en pantalla dominaba la atmósfera. Lo que prometía ser un acercamiento íntimo pronto se transforma en una crónica gélida sobre los preparativos para la segunda investidura presidencial de su esposo.
Desde los créditos iniciales, la película se desarrolla con una lentitud glacial mientras la protagonista, quien también ejerce de productora ejecutiva, supervisa cada detalle estético del evento. Melania transita entre pruebas de vestuario y la organización de cenas de gala con una expresión impertérrita y una voz que el autor describe como metálica. A pesar de sus declaraciones sobre la prioridad que representan los niños en su labor como primera dama, el tono del filme sugiere una frialdad que dista mucho de la calidez que pretenden transmitir sus palabras.
El texto critica duramente la obra, calificándola como un documental carente de virtudes redentoras y comparándolo con una pieza de taxidermia de diseño: costosa, fría y destinada exclusivamente a complacer al poder. La narrativa sigue a Melania como un autómata entre sus residencias de Mar-a-Lago y la Torre Trump hasta llegar a la Casa Blanca. El mayor conflicto dramático que presenta la cinta parece reducirse a la preocupación de la protagonista por el ajuste de una blusa blanca, lo cual genera una tensión desmedida entre sus sastres.
A lo largo del metraje, las revelaciones personales son escasas y superficiales. Melania menciona el afecto por su madre, su admiración por Michael Jackson y su cariño por su hijo Barron. Por su parte, Donald Trump aparece como una figura de fondo, más preocupado por alardear de su victoria electoral o por lamentar que la fecha de su investidura coincida con los ‘playoffs’ de fútbol americano universitario, sugiriendo incluso que se trata de una maniobra deliberada en su contra.
La crítica compara la producción con una versión vacía de la película The Zone of Interest, donde la atención se desvía intencionadamente hacia vestidos de diseñador y adornos dorados mientras, en un segundo plano, se gestan cambios políticos radicales. La fascinación por el esquema cromático de “blanco y oro” y la validación constante por parte de su entorno subrayan una desconexión con la realidad política del país, centrando el foco en la opulencia y el estatus.
El documental concluye con el éxito de la ceremonia de investidura, superando los inconvenientes logísticos del vestuario y la competencia televisiva del deporte. El filme finaliza con la imagen de la primera dama celebrando al ritmo de los Village People tras una jornada agotadora. Sin embargo, para el autor, la experiencia de visionado resulta tediosa y carente de interés humano, describiendo las dos horas de duración como un trayecto interminable y carente de cualquier tipo de contagio emocional.
